Hojeando el libro de actas me encontré que con frecuencia se consignaba en ellas que tal o cual miembro de la Corporación había manifestado que no se recogía fielmente su intervención ante el Pleno.
Hay cierto fetichismo de las actas, y con frecuencia se viene a exigir que sean un simple traslado de todo lo dicho y hecho durante el transcurso de la sesión. Supongo que habrá algo de vanidad, puede que todo miembro de la corporación, cual nuevo Trajano, quiera legar a la posteridad sus victorias dialécticas frente sus adversarios al igual que hizo aquél emperador romano en la famosa columna.
Si bien es más cómodo escribir en papel que esculpir en piedra, la confección del acta como parte de la fe pública, está reservada al secretario, y es él quién debe confeccionarla conforme a su leal saber y entender, y lo hará con toda libertad, con el único límite de ser veraz, y que quién no asistió a la sesión pueda, de su sola lectura, conocer con exactitud cuáles fueron los acuerdos adoptados.
Así que cuando me pidieron que modificase un acta ya redactada para dar cabida a un excursus, recordando a Poncio Pilato, dije, lo escrito escrito está.
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