Cuando llegué a éste mi primer destino, venía con mi Aranzadi, y unos cuántos libros de un señor apellidado García de Enterría, en la crencia, que luego resultó errónea, que con tal compañía podría afrontar con garantías cualquier asunto que se me presentase.
Resultó que como siempre la realidad es más estimulante de lo que hubiera podido imaginar, y que los asuntos tenían extraños mecanismos, piezas, tuercas, muelles, tornillos y ruedecillas que tenía que ensamblar y que era como si en el Ikea nos vendiesen un coche desmontado para que fuesemos nosotros los que colocando y ajustando cada pieza, lo pusiésemos en disposición de poder viajar con él.
Lo que imaginaba como un placentero paseo en cabriolé por expedientes que presumía sencillos dado el corto número de habitantes de las poblaciones, y del pacífico humor de éstos. se convirtió en una travesía a bordo de la bodega de una carraca, con todo el material revuelto, dando tumbos de uno a otro asunto, según soplase el interés del último vecino que se le ocurriera pisar las oficinas a interesarse por la marcha de su expediente, qué sabe Dios dónde podía estar en aquél mar de papel.
No bastaba tener la sabiduría de un Ulpiano, sino que además se requería del olfato de un Sherlock Holmes para poder adivinar cual era el propósito de cada solicitante, porque raramente lo pedido se compadecía con la lógica jurídica.
Resultó que ni los asuntos eran tan sencillos, ni el ánimo de los lugareños era tan pacífico.
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